Sistemas legados: ¿por qué las empresas subestiman el riesgo de no modernizar?

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Eduardo Lieb

Director de Servicios

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Mientras las organizaciones avanzan en iniciativas de inteligencia artificial y transformación digital, muchas siguen dependiendo de aplicaciones desarrolladas hace más de 20 años. Esta contradicción no solo limita la innovación, sino que también introduce vulnerabilidades crecientes para la operación del negocio. 

Según una investigación de McKinsey & Company, una parte significativa de la infraestructura digital en las grandes organizaciones está desactualizada, y hasta el 70% del software que utilizan las compañías de Fortune 500 se desarrolló hace dos décadas o más. 

Este panorama plantea riesgos muy concretos. En lo operativo, el principal problema es la fragilidad. Esto se traduce en dependencia de tecnologías obsoletas, dificultad para encontrar talento que las mantenga y una mayor probabilidad de fallas o interrupciones. “Al mismo tiempo, la baja capacidad de integración de los sistemas heredados limita la eficiencia y la automatización”, destaca Eduardo Lieb, director de Servicios de Valkimia.  

En lo estratégico, el riesgo más relevante es la pérdida de agilidad. “Estos sistemas dificultan la innovación, ralentizan el time-to-market y condicionan la capacidad de adaptarse a nuevas demandas del negocio o del mercado”, agrega Lieb. 

 

El costo oculto de postergar la modernización

Más que un problema técnico, los sistemas legados se convierten en una limitante directa al crecimiento y la competitividad. Muchas empresas —especialmente en sectores como banca, seguros o retail— son conscientes de esta situación, pero priorizan otras urgencias. Mientras estos sistemas sostienen la operación diaria, suelen percibirse como “estables”, lo que lleva a postergar su modernización. 

“El problema es que esa estabilidad oculta riesgos acumulativos: falta de flexibilidad, dificultad para innovar y mayor dependencia tecnológica”, señala Lieb. 

Según un estudio de Galileo Financial Technologies, el 75% de los líderes tecnológicos argentinos reconoce que los sistemas heredados ralentizan los esfuerzos por ofrecer servicios más inclusivos y accesibles. Además, el 55,4% considera que sus organizaciones pierden al menos un 10% de oportunidades de negocio debido a limitaciones tecnológicas. 

 

Cambio de enfoque: de proyectos a procesos

Hoy, las iniciativas de modernización de aplicaciones ya no se conciben como proyectos aislados, sino como procesos continuos y estratégicos. 

“Las organizaciones hoy evitan las implementaciones del tipo Big Bang y optan por un enfoque gradual y por capas, donde primero se actualizan algunos servicios alrededor del sistema existente”, comenta Lieb. 

Y aclara: “En lugar de apostar a una migración masiva, el foco está en una transformación progresiva, medible y sin interrupciones, donde cada paso en el proceso genera valor y reduce el riesgo”. 

En este contexto, las organizaciones que logran avanzar con mayor efectividad suelen priorizar aquellas aplicaciones que impactan directamente en el negocio: ingresos, experiencia del cliente y eficiencia operativa. En una segunda etapa, abordan sistemas con alto riesgo operativo, fuerte dependencia o problemas de mantenimiento. 

 

El impacto de la inteligencia artificial

La inteligencia artificial ya se está consolidando como un acelerador clave de la modernización. Hoy permite optimizar etapas clave del proceso: desde el análisis y comprensión de los sistemas legados, la generación de documentación, hasta la automatización del desarrollo, testing y migraciones. 

“Esto se traduce en menores tiempos, reducción de costos y menor riesgo operativo”, explica el experto de Valkimia y agrega que, además, “la IA habilita una modernización más inteligente, priorizando qué transformar y cómo hacerlo en función del valor para el negocio”. 

La modernización de sistemas legados dejó de ser un desafío exclusivamente tecnológico para convertirse en una decisión estratégica. A medida que aumenta la presión por innovar y adaptarse, postergar este proceso implica asumir riesgos cada vez mayores. 

La pregunta, entonces, ya no es si modernizar, sino cuándo y cómo hacerlo de forma progresiva, sin comprometer la operación y generando valor en cada paso. 

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